El hombre que compartió celda con el poeta

El abogado José Ramón Clemente, con 98 años, es el único superviviente del grupo de reclusos que acompañó a Miguel Hernández en el Reformatorio de Adultos de Alicante

El hombre que compartió celda con el poeta

José Ramón Clemente, entre Juan José Sánchez y Joaquín Santo, en el Ateneo de Madrid. :: C.M.A.

Después de su largo recorrido carcelario por numerosos presidios (Huelva, Sevilla, Torrijos, el Seminario de Orihuela, tras su puesta en libertad el 15 de septiembre del 39 y ser denunciado por un vecino, los madrileños de Conde de Toreno y Yeserías, con Palencia de por medio, y por fin Ocaña), recala Miguel Hernández en el Reformatorio de Adultos de Alicante el 29 de junio de 1941.

Allí pregunta por algunos de los presos amigos o conocidos, más o menos vinculados con el mundo de la cultura, y consigue lo instalen en la celda 22 de la 4ª galería junto a su paisano Luis Fabregat Terrés, el pintor comunista Ricardo Fuente Alcocer, Rigoberto Martín Lloret, Luis Jiménez Esteve y el abogado José Ramón Clemente Torregrosa, éste el único que vive con 98 años y con el que he hablado de esos meses pasados junto al poeta en numerosas ocasiones, tanto en su casa madrileña de la Glorieta de Cuatro Caminos como en la alicantina de Maestro Gaztambide, o cuando el II Congreso Internacional de Miguel Hernández del año 2003 en el Ateneo de Madrid, donde no se atrevió a contar con serena objetividad sus experiencias personales porque se encontró con algunos radicales exaltados capaces de rebatírselas.

De todo ello, por fortuna, queda testimonio escrito y lo que resulta aún más valioso, grabación en DVD archivada en la Diputación Provincial donde lo cuenta con su propia voz y la locuaz lucidez que le ha acompañado siempre.

Ante cosas que ha escuchado y leído de otros que no estuvieron allí y por consiguiente no le echaron una mano ni supieron del trato a estos presos que nunca fue violento en medio de tantas carencias, ha venido mostrando asombro y a menudo indignación frente a varias historias inventadas sobre la etapa postrera de la vida de Miguel.

Digamos que José Ramón Clemente nació en Alicante en el año 1912, hijo del famoso letrado capitalino Federico Clemente, que fuera teniente de alcalde y diputado provincial, así como presidente de la Junta de Obras del Puerto y con calle rotulada en el centro de Alicante hasta la conclusión de la guerra civil, cuando trocó su nombre por el de Teniente Robles.

Ideas de izquierdas

Estudió Derecho en Madrid, licenciándose cuando sólo tenía 20 años, ejerciendo la carrera cuando cumplió los 21, que era entonces la mayoría de edad, como pasante de Antonio Pérez Torreblanca, fundador en Alicante de Izquierda Republicana, partido al que se afilió y dejó pronto por los desmanes frentepopulistas que no admitía como demócrata. También sería durante los meses de 1936, en que fue presidente de la Diputación Álvaro Botella Pérez, secretario y asesor jurídico del mismo.

Vio Clemente por vez primera a Miguel Hernández en la terraza del Ateneo de Alicante, del que también sería secretario, en 1933. Allí, en plena Explanada, entablaron una amistad que truncó el devenir propio del poeta y los tristes acontecimientos bélicos, recordando cómo le dijo que no lo llamara por su nombre de pila sino Visenterre, que era el apodo familiar por el que lo conocían en Orihuela.

Contar la vida de Clemente Torregrosa resultaría muy extenso. Fue un pionero del cine, realizando su primera película con argumento en 1929, fundó la Asociación Independiente de Cine Amateur por la que pasaron Almodóvar y Amenábar, llegando a obtener el Premio Internacional de Cine Underground.

Estallada la guerra civil y antes de ser movilizado, fue enviado por el presidente del Colegio de Abogados, José Guardiola Ortiz, a la Prisión Provincial como letrado de oficio para defender a José Antonio Primo de Rivera, pero éste rehusó al manifestarle que se haría su propia defensa, que percibió no serviría para nada porque se notaba que aquel tribunal lo tenía condenado a muerte de antemano. Pero fue testigo de todo el juicio.

Tras su movilización, andar por algunos frentes y ver concluir la guerra ya en Alicante, se presentó voluntariamente en el cuartel de Benalúa ante un requerimiento público dirigido a los que habían sido oficiales del Ejército de la República, en su caso teniente auditor. Lo cierto es que, tranquilo por no haber cometido delito alguno y sí haber ayudado como defensor a algunas personas del bando vencedor, fue condenado a treinta años, pena que le fue rebajada a veinte, pasando finalmente cuatro años encarcelado.

Cuando Miguel llega, le tocó justo al lado. La estrecha celda, de apenas dos metros y medio de largo y pensada para un par de reclusos, llegó a albergar entre siete y nueve. Al margen de los citados con anterioridad, por allí estuvieron también, de manera intermitente, los pintores Miguel Abad Miró y Melchor Aracil.

Con un lavabo y un retrete de los de suelo, para que no siempre le tocara a los mismos estar al lado de éste o por el contrario en el mejor sitio, que era bajo la ventana, establecían unos turnos rotatorios para dormir que llamaron del tresbolillo. Una luz tenue permanecía encendida toda la noche y en ese tiempo, por razones obvias, sólo podían levantarse a orinar. Los primeros días, cuando Clemente se daba la vuelta y veía a Miguel inerte con sus grandes ojos azules abiertos, pensaba que se había muerto hasta que lo notaba respirar; resulta que padecía una exoftalmia debida a un problema de tiroides que le impedía cerrar los ojos incluso durmiendo.

A lo largo de estos meses hablaba y escribía muy poco. Se pasaba las horas pensando en el patio, memorizando sus poemas que a veces reproducía en trocitos de papel higiénico. Comentaba cosas de su mujer y de su hijo Manolillo, al que podía ver a menudo y abrazar largamente el día de la Virgen de la Merced, 24 de septiembre, patrona de las prisiones, en que hubo fiesta especial. Sí le comentó a José Ramón su desencanto sobre algunas de las cosas que había vivido en Rusia cuando su viaje de 1937, aunque sin abjurar de sus ideales comunistas.

Ante la falta de medicamentos con los que tratar la tuberculosis que padecía y una deficiente alimentación, la salud de Miguel fue deteriorándose a pasos agigantados hasta que no quedó más remedio que ingresarlo en la enfermería. Allí iba a verlo, con una cánula puesta tras una punción que le hicieron (la cual se había infectado), ya sin apenas moverse ni poder escribir aunque perfectamente lúcido.

Y así llegaríamos a las cinco y media de la madrugada del 28 de marzo en que falleció por fimia pulmonar. La noticia se corrió enseguida por todo el recinto carcelario. Y la dirección permitió que se le rindiera un sencillo homenaje de despedida.

Llevado a hombros de compañeros y con el resto formando en el patio, a los sones de una marcha fúnebre que tocaron los músicos presos, su humilde féretro de pino fue sacado camino del cementerio alicantino, donde se depositó en un nicho bajo rotulado con el número 1009.

En 1986 serían trasladado a la Glorieta de Alicantinos Insignes que hay en la calle central del camposanto. Allí reposa junto con los restos de su hijo Manuel Miguel, fallecido en 1984, y su esposa Josefina Manresa, que moriría tres años después. Enfrente descansan el marino Julio Guillén Tato y el pintor Gastón Castelló, que casualmente ocupara durante dieciocho meses la misma celda que Miguel Hernández, aunque fue excarcelado en octubre de 1940 y por consiguiente no coincidió con él.

 

MIGUEL HERNÁNDEZ

Biografía

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Bibliografía

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