Miguel Hernández, misionero de la cultura

La 'noble calavera' de Miguel Hernández, durante la exhumación de los restos del poeta, en 1984.

La 'noble calavera' de Miguel Hernández, durante la exhumación de los restos del poeta, en 1984.

Ya está todo a punto para que los motores del año hernandiano de 2010 se pongan en marcha y los versos y la vida del poeta se propaguen frutalmente con nuevos bríos por los cuatro puntos cardinales; como en el paquete del centenario entra todo, estemos ojo avizor a los revisionistas y sus adlátares, que piensan que cualquier pasaje se puede trastrocar caprichosamente 'ad libitum', pues si ya son bastantes las necedades, las medias verdades y las fantasías delirantes que se han dicho y escrito, me temo que no son menos las que nos esperan. Ninguna de éstas, sin embargo, empañará la más hermosa: los versos del poeta volverán a ser leídos por miles y miles de nuevos lectores.
Dos fechas jalonan su centenario: la de su nacimiento un 30 de octubre de 1910 y la de su muerte, un 28 de marzo de 1942. La de su nacimiento, en la casa de un modesto tratante de ganado, le marcaría para siempre en su amor a la naturaleza y a la estética, con sus labores de pastoreo, después de abandonar las enseñanzas escolares de los jesuitas a los 14 años, hasta el momento de la decisión formal de querer ser poeta. También su formación cultural, que será la de un autodidacta apasionado, entre luces y sombras, siempre en busca del tono que le permita hallar su propia voz poética. A los 21 años, después de haber publicado sus primeros versos con el título de 'Pastoril' en el periódico oriolano 'El Pueblo', realizará su primer viaje el 30 de noviembre de 1931 a Madrid con las alforjas vacías y el ánimo henchido para darse a conocer en la villa y corte. Después de permanecer casi seis meses y de pasar numerosas calamidades por la falta de dinero y de trabajo, sus esperanzas se verán truncadas y tendrá que regresar abatido a su pueblo el 15 de mayo de 1932.
Sin embargo, las enseñanzas de este primer viaje no caen en saco roto. La voz poética de Miguel comienza a evolucionar, después de haber conocido las últimas tendencias y de vivir lo que se estaba cociendo día a día en la ajetreada vida cultural de la capital republicana.
El poeta no se amilana y comienza una nueva cosecha de versos de lo que será su primer libro, 'Perito en lunas', que verá la luz en enero de 1933 en la colección Sudeste del periódico 'La Verdad'. El poeta ya tiene libro, y de nuevo prepara nuevo viaje hacia Madrid. En su quehacer autodidacto, con este libro escrito en octavas reales siguiendo la estela de Góngora, el poeta se enriquecerá cultivando el lenguaje culto, aprehendiendo el valor de la metáfora, mientras lo mezcla con el tono popular del acertijo. Y ya de nuevo en Madrid, con la amistad de Pablo Neruda y de José Bergamín, que le publicó en la revista 'Cruz y Raya' dos actos de 'La danzarina bíblica' y le adelantó 200 pesetas, la voz poética de Hernández dará un cambio radical en la forma y en los contenidos de sus versos, y también su vida al encontrar un trabajo que consistirá en escribir biografías de toreros en la enciclopedia Los Toros, de José María de Cossío, y ganar los primeros cuarenta duros como jornal. El poeta ya comenzaba a estar en su ambiente cultural, entre tertulias literarias, y sus contactos con el grupo de La Escuela de Vallecas: el escultor Vicente González Gil, la pintora Maruja Mallo, Alberto Sánchez, Benjamín Palencia, entre otros, y ya había conocido a María Zambrano, a Rafael Alberti, Luís Cernuda y a Federico García Lorca; también a Vicente Aleixandre. En ese ambiente vanguardista, la ruptura estética con su amigo Ramón Sijé ya estaba más que consumada.
Como no podía ser de otra manera, un hombre autodidacta, hecho a sí mismo a base tropiezos en un camino no precisamente de rosas, conocía el valor que tiene la cultura. Así que a principios de enero de 1935 se enrola en las Misiones Pedagógicas. Por entonces el campesinado español era en su gran mayoría analfabeto, con más de un 44% de la población. Muy pronto las actividades culturales comenzaron a suscitar el interés de los más desfavorecidos por los diversos pueblos y zonas rurales que pasaban, provocando los recelos de los caciques locales y también del clero, por la oportunidad que tenía la población para ser alfabetizados y ser más exigentes en sus reivindicaciones laborales.
Por pueblos y aldeas
Las Misiones Pedagógicas se crearon el 29 de mayo de 1931 para difundir la cultura general y para ofrecer una moderna orientación docente que llevara la educación ciudadana a aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural. Dependían del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, y estaba dirigido por una comisión central. El patronato de las Misiones estuvo presidido Manuel Bartolomé Cossío, y entre sus vocales estaban los poetas Antonio Machado y Pedro Salinas, siendo su secretario Luís Álvarez Santullano. El motivo central era considerar la cultura como un bien común y no algo reservado para las clases privilegiadas. La idea venía de la Institución Libre de la Enseñanza; ya en 1881 Francisco Giner de los Ríos había propuesto una serie de medidas para la reforma de la institución pública que incluía la idea de las misiones ambulantes, con un servicio de biblioteca, museo del pueblo, cine, coros musicales, teatro del pueblo y sección de música.
Entre esas manifestaciones de la Misiones Pedagógicas también se encontraba el teatro ambulante de La Barraca, que dirigía Federico García Lorca. Precisamente en Murcia se presentó en el Teatro Romea con 'La vida es sueño' de Calderón, con una realización plástica de Benjamín Palencia y el entremés de la escuela cervantina 'Los dos habladores', con decorados y trajes del pintor Ramón Gaya. Con motivo de esa representación del 3 de enero de 1933 se produjo el primer encuentro entre García Lorca y Miguel Hernández, propiciado por los amigos comunes de ambos: Raimundo de los Reyes y José Ballester. Miguel Hernández ya había tomado contacto con el grupo de la revista Sudeste, para editar 'Perito en lunas'.
La fascinación que debió sentir el joven Miguel por estas manifestaciones culturales debió de ser enormísima, pues nadie como él conocía las carencias económicas de los agricultores o la falta de dinero para poder comprarse un libro. Y sin embargo, su decisión de ser poeta en un ambiente hostil seguía siendo su razón de vivir, una decisión insoslayable que ya no tenía punto de retorno.
Las Misiones Pedagógicas concentraron todo su interés en la educación de los adultos más marginados y su mayor esfuerzo consistió en la creación de pequeñas bibliotecas en el medio rural, para que los libros llegaran a los rincones más recónditos del país. El servicio de bibliotecas, coordinado por el poeta Luis Cernuda y los bibliotecarios María Moliner y Juan Vincens de La Llave, fue el más importante de los siete que tenía el patrimonio, llegando a crear 5.522 bibliotecas. El ritmo de creación se paró con los recortes de los gobiernos conservadores desde 1935, que redujeron los presupuestos, a los que Américo Castro denominó 'dinamiteros de la cultura'. Otros servicios eran los de música -en algunos pueblos se dejaban un gramófono y una colección de discos que se iba renovando con el tiempo-, cine y proyecciones -en mucho de los pueblos impresionaba ver las imágenes por primera vez y las personas sentían fuertes emociones-, coros y teatro del pueblo -con una selección de piezas, y formada por más de 50 actores-, un museo circulante -con copias de cuadros del Museo del Prado y de la Academia de San Fernando-, un retablo de fantoches y guiñol, que se movían por lugares más lejanos y complicados de llegar hasta ellos, y unos cursos especializados para maestros.
La duración de las misiones iba desde un día hasta otras de quince, y no lo solían tener nada fácil en los pueblos o aldeas dominadas por las fuerzas conservadoras, que ya ponían, en muchas ocasiones, a la población en contra de esas manifestaciones. Claro que nada podía con la ilusión de los misioneros y bibliotecarios, que con su entrega desinteresada eran el motor de esta aventura literaria, formada por maestros, profesores, artistas, jóvenes lectores, y personalidades como la filósofa María Zambrano, Alejandro Casona, José Val de Omar, Ramón Gaya (del gran pintor murciano también se celebra su centenario en 2010) o Carmen Conde, Juan Bonafé y Eduardo Vicente.
Miguel Hernández decía por 1935 de su experiencia en las Misiones Pedagógicas por la provincia de Salamanca: «He hecho una sola misión y ha sido por tierras; mejor dicho, por piedras salmantinas. Inolvidables para mí los espectáculos de los cuatro pueblos en que estuve y sus gentes de labor... Recuerdo sobre todo una mujer con cara de terreno labrantío...
Como el viaje fue por los finales de abril, salí a cuerpo limpio para allá. El frío me cogió, y tuve que pedir auxilio a la capa del alcalde en el primer pueblo, a la del maestro en el segundo, a la de un labrador en el tercero y a la de otro en el cuarto».
De las reacciones que suscitaban los misioneros, Miguel lo deja muy claro cuando narra el siguiente episodio: «Otro suceso: los campesinos de Ahigal de Villarino nos recibieron -éramos tres los de la misión- recelosos y cejijuntos. Preguntamos al maestro el porqué de aquella actitud y nos dijo: 'Creen que venías a platicar contra don... -el dueño de aquellos campos, no hago memoria del nombre- y dicen que si es así os iréis malparados'. Tan diferentes nos hallaron de lo que ellos pensaban que dormimos en la casona de don... no sé cómo y aquella misma tarde iban hombres y rapaces dando calles abajo la noticia y la hora de la función, que así designaban nuestra labor, con caracolas y cencerros alborotados». A continuación el poeta, que debió de pasar mucho frío, sigue contando con humor las peripecias por los campos salmantinos: «Otro suceso: en el último pueblo hicimos la segunda misión en pleno campo, proyectando el cine contra el muro de la iglesia. Era cosa de ver los labradores sentados sobre arados y carretas volcadas, la cigüeña de la torre asustada, los candiles con que alumbrarnos en la vara levantada de un carro, las estrellas temblando de frío por mí, y yo envuelto en mi capa parda de un labrador». De estas misiones por tierras salmantinas ha realizado un gran trabajo el poeta y profesor José Luis Puerto.
En tierras de La Mancha
De las Misiones Pedagógicas que, junto a Enrique Azcoaga, hizo Miguel por tierras de La Mancha en la primavera de 1936, el poeta oriolano escribe una carta dirigida a su esposa, Josefina, con membrete del Hotel Castilla en Puertollano, provincia de Ciudad Real, y fechada en marzo de 1936, donde dice al respecto: «Aquí me tienes ya; hubiera querido escribirte ayer mismo, que fue el día de mi partida de Madrid a esta provincia de Ciudad Real. Estoy muy cerca de Andalucía, pero no paso a ella. Me ha impedido escribirte ayer mismo no saber si me podías escribir a un punto fijo. Hoy viernes ya lo sé y te pido me escribas a la dirección ésta:
Miguel Hernández. Hotel Castilla. Puertollano (Ciudad Real)».
Y por esas mismas fechas, también le escribe a Don José María, y le dice: «Querido Cossío:
Me acuerdo de usted. He pasado por el corazón de Sierra Morena y me he sentido un poco Tempranillo. En el pueblo en que me encuentro en este momento -Puertollano- hay dos o tres tabernas con nombres taurinos y una placita muy graciosa. Perdóneme, si no voy cuando le advertí que iría. Se va a prolongar la misión más de lo que yo creía. ¿Cuándo marcha a Pamplona? No tengo lugar fijo y no podré recibir noticias suyas. Le abraza afectuosamente su taurino y gran amigo. Miguel. Adiós».
De esos años, de aquellas Misiones Pedagógicas, de la vida del poeta, diría más tarde su amiga y también misionera, María Zambrano: «Era un creyente. Y creyó siempre en lo mismo, en el rayo que no cesa y en el amor que no acaba».
 

MIGUEL HERNÁNDEZ

Biografía

Así vivió y murió el pastor que se convirtió en poeta

MIGUEL HERNÁNDEZ

Bibliografía

Publicaciones básicas para conocer la obra del oriolano

 





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